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miércoles, 22 de septiembre de 2021

La noche de los lápices



 Aquí, en este enlace, invito a la lectura de una interesante nota en Clarín sobre una deuda abierta con aquellos estudiantes de aquella noche trágica.

Y aquí, la película de Héctor Olivera

   También es importante que compartamos la lectura de esta interesante contextualización de aquel período oscuro que hace el historiador Felipe Pigna en la Revista Viva, del diario Clarín.


Haciendo historia
Lápices que siguen escribiendo
La mayoría de los estudiantes provenía de la clase media, no 
tenía problema en pagar el colectivo, pero sabía que muchos de sus compañeros
no podían. Había que conseguir el boleto estudiantil para todos.
Felipe Pigna

   La crueldad no tenía límites en la Argentina ocupada de
1976 y esto estaba lejos de ser un defecto para los usurpadores del poder y sus
socios civiles. Era para ellos una de sus virtudes, aquella decisión
“inclaudicable” de reorganizarnos, de llevarnos por la “senda de grandeza”,
aquellos “objetivos sin plazos”, aquel “marchemos hacia las fronteras”, “el
tiempo y esfuerzo, esenciales para cualquier logro”, el “achicar el Estado es
agrandar la Nación” y toda esa palabrería hueca que escondía el vaciamiento del
país y la peor matanza de la historia argentina.
   En aquel panorama, la represión en los colegios secundarios fue
muy dura, y apuntó a terminar con el alto nivel de participación política de
los jóvenes en los centros de estudiantes y en las agrupaciones políticas.
   Las invitaciones a vigilar y castigar pasaban de la conferencia
de prensa a la sala de torturas y a la muerte. Muchos colegios secundarios del
país tienen hoy placas conmemorativas de sus alumnos desaparecidos.
   El hecho emblemático, “didáctico”, de aquel terrorismo de Estado
fue el que pasó a la historia como “La noche de los lápices”. El 16 de
septiembre de 1976 –en el 21 aniversario del derrocamiento del primer peronismo
por la autodenominada Revolución Libertadora– fue secuestrado un grupo de
jóvenes militantes secundarios de la ciudad de La Plata y alrededores. La que
había sido la ciudad Eva Perón era ahora el reino del general Ibérico Saint
James, autor “literario” de la inolvidable frase: “Primero mataremos a todos
los subversivos, luego a sus colaboradores, después a sus simpatizantes, luego
a los indiferentes y por último a los tímidos”. En la corte de Saint James
había personajes de la talla del general Ramón Camps y su mano derecha, el
comisario Miguel Etchecolatz. Fueron ellos los responsables directos del
secuestro, la tortura y la muerte de estos jóvenes.
   La mayoría de los estudiantes provenía de hogares de clase
media, no tenía problema en pagar el boleto de colectivo, pero sabía que había
muchos de sus compañeros que no, que ya a esa corta edad tenían antigüedad en
sus trabajos y que había que conseguir el boleto estudiantil para todos.
Comenzaron a organizarse en cada colegio y del colegio al barrio
y de ahí a la zona. Nació así la Coordinadora de Estudiantes Secundarios, que
nucleaba a miles de ellos de todos lados y logró arrancarle al gobierno de
Isabel Perón aquel derecho. Fueron días de festejo acotado, corridos por los
gases y vigilados de cerca por la temible Triple A.
   Producido el golpe, la estrategia fue suspender en agosto de
1976 la vigencia del boleto estudiantil, esperar la protesta y que los
estudiantes volvieran a luchar por lo que les correspondía. Las razias duraron
dos meses y el pico de detenciones se produjo aquella noche de septiembre. Los
jóvenes secuestrados en aquella “Noche de los lápices” fueron arrancados de sus
casas en la madrugada y llevados inicialmente a la “División Cuatrerismo” de la
policía bonaerense donde funcionaba el centro clandestino de detención conocido
como “Arana”. Luego pasaron a la “División de Investigaciones de Banfield”,
tristemente célebre como el “Pozo de Banfield”. Allí conocieron el horror en
toda su expresión.
    Padecieron la tortura, simulacros de fusilamiento y el vano
intento de imponerles otra mentalidad, la forma correcta de “procesar” aquel
país y aceptarlo tal cual era en 1976, un país atendido por sus dueños.
Tuvieron sus cuerpos, pero no su obediencia.
Como dicen las pancartas de los estudiantes de hoy, de 2016,
aquellos lápices siguen escribiendo.

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21 de Septiembre de 2021
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Actualizado 21/09/2016 18:32 












































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