miércoles, 5 de mayo de 2021

El romanticismo en la gauchesca y su contexto

Para quienes así lo deseen, pueden compartir la lectura sobre la Ida (la primera parte) pulse aquí


Aquí continuaremos investigando de qué manera los escritores argentinos de finales del siglo XIX escribieron dentro del ideario del Romanticismo, y que plasmaron en ese movimiento distintos géneros que estaban en diálogo con la serie de discursos históricos, artísticos y literarios.

El romanticismo en América:
Encontraremos a lo largo de estos cincuenta años del Romanticismo, aquel que desde 1832 introdujo Echeverría en la Argentina hasta su expresión en 1872 de la Ida de Martín Fierro, dos elementos en común, bien típicos de la Argentina: el gaucho y el caudillo.

Literatura panfletaria, responde a intereses políticos. En el caso de José Hernández, es una denuncia sobre el maltrato que viven los gauchos en tiempos de Sarmiento, su mayor rival político.

* Defensa de las nacionalidades: se perciben los conflictos propios de la región, el gringo y sus pocos conocimientos del trabajo en el campo y en el ejército; el indio, como un otro al que si se le da muerte no hay condena; el gaucho, desprotegido, indocumentado, perseguido, "iletrado".

* Aparición de elementos folclóricos: en Martín fierro se puede ver la caracterización del gaucho, sus costumbres, su idiosincrasia, sus elementos cotidianos (el poncho, el mate, el caballo, y todos sus elementos para la doma, la tradición, la música, pues canta su historia acompañado de la "vigüela", la "giñebra", etc.).
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El contexto histórico en tiempos de Martín Fierro

    Es por todo esto que venimos señalando, que no sería posible comprender el trasfondo del discurso literario de aquellos tiempos, si no ahondáramos en su contexto histórico político. A lo largo de todo el siglo XIX, los estancieros propietarios de enormes extensiones de tierras cultivables y sobre todo, de pastos, pronto ganaron un control casi absoluto sobre la administración local, y como jefes indiscutibles de las fuentes milicias (que muchas veces fueron superior y eficaces a la del gobierno) podían ejercer una influencia decisiva sobre el parlamento y el gobierno central de la República. La polarización de la sociedad rural era absoluta.
     Entre los pocos numerosos, pero increíblemente ricos terratenientes y las masas de peones y jornaleros (dejando a un lado los totalmente desarraigados gauchos que vagaban por el campo y a veces sobrevivían con la caza del ganado cimarrón) se abría un enorme abismo. La relación dominante entre los estancieros y sus peones era casi idéntica a la que estudiamos que existía en Europa durante la Edad Media entre el señor y sus vasallos.




El terrateniente pedía de sus súbditos trabajo, obediencia y una lealtad absoluta, tanto en tiempo de paz como en tiempo de guerra, y además en este último los peones se convierten en los harapientos soldados del ejército personal del estanciero-caudillo. No había muchas posibilidades de elección por parte de los peones: La vida en el campo, amenazada por los continuos ataques de los indios salvajes y los bandidos y fugitivos de la justicia, era extremadamente peligrosa y la protección que brindaban los muros de la estancia a menudo significaba la diferencia entre la vida y la muerte. Precisamente este fenómeno de una dependencia total de los campesinos de su amo-semidiós patrón, protector y juez ( en el mundo aislado y herméticamente cerrado de la estancia la justicia la administraba exclusivamente el estanciero). Así llegó a ser la base del caudillismo, cuando dicha relación empezó a extenderse del campo a la escena política y a todo el país.

  El origen de la palabra caudillo viene del diminutivo latino caput, que significa "cabeza", "cabecilla", y aunque no existe una definición actual única e incontrovertible, tanto en términos académicos como populares el término evoca al hombre fuerte de la política, el más eminente de todos, situado por encima de las instituciones de la democracia formal cuando ellas son apenas embrionarias, raquíticas o en plena decadencia. Caudillismo e institución democrática son elementos situados en los extremos de una línea ascendente de la evolución política en donde el primero sería el "más primitivo" y el segundo el "más desarrollado".
     La mayoría de ellos eran terratenientes que se habían destacado en la defensa de las fronteras, en la lucha contra el indio o participando en las luchas independistas. La lucha contra el indio le reportó distintos logros para los valores de los propietarios de entonces. La protección de la sociedad blanca y de la propiedad, la conquista de nuevas tierras y la consolidación de un poder militar capaz de demostrar su importancia en la región. Los caudillos surgen como una autoridad más cercana a los problemas de la gente. Los ejércitos gauchos estaban estrechamente vinculados a la institución que les había dado su origen y que se fortalecía cada vez más: La estancia.
   Dada la precaria situación económica que padecían, debían su vida a ese estanciero, su vida dependía de él y a su vez éste le daba ayuda a cambio de lealtad, obediencia y trabajo lo que se transformó en una relación dependiente. En muchos casos este caudillo se confundía con sus gauchos.
    Para el gaucho simple, su patrón (el caudillo) era un semi-Dios, era un inmortal. Su carisma era tan grande que muchos gauchos se dejaban matar en nombre de su caudillo. Para ellos, estos personajes fueron místicos.  Compartían fiestas, comidas, bodas, cumpleaños, relaciones sociales, etc. con sus empleados. 


Fuentes:
* Vargas, JoséFacultad Latinoamericana de Ciencias SocialesFlacso-Agentina. Materia: Lectura en Historia Latinoamericana del Profesor: Dr. Mark Szuchman
* Castro, Pedro. El caudillismo en América Latina, ayer y hoy. (Doctor adscrito al Departamento de Sociología, en el área de procesos políticos.) Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa (México). Dirección electrónica: pcm@xanum.unam.mx
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Compartamos este artículo de la Profesora Fiori, basado en un texto de José Güiraldes.
"Amalgama de Tierra y hombre"
Por Juan José Güiraldes

     Al ocuparnos del Gaucho, este arquetipo de nuestra nacionalidad, debemos dedicar unos párrafos a sus antecesores: los conquistadores y los aborígenes. En aquel siglo XVI los españoles de la aventura – nativos de Andalucía y Extremadura en su mayoría – avanzaban por esa misma tierra que ahora camina el forastero. No se supo a ciencia cierta cómo pudieron hacerlo. Estos viajeros-aventureros-conquistadores jamás tuvieron conciencia de su hazaña. Sus nombres, muchísimos, quedaron anónimos y olvidados; algunos fueron recogidos en las memorias de viajeros; los más, quedaron “extraviados” en el Archivo de Indias. En ocasiones, ni eso; el rol de tropa cayó al abismo o se lo llevó un golpe de mar. El Descubrimiento coincide con una época de esplendor en España. El comienzo colonizador y la subsiguiente imposición de nuevas formas de organización y de derechos, provocaron las primeras rebeliones de las etnias aborígenes. Ya poco sería igual al pasado en la tierra de la Conquista. […] 
    En este pasado debemos incluir al habitante nativo: el aborigen (ab – origen= desde el principio). En América fue llamado “indio”, cuando se creía, por error, que Colón había llegado a las Indias. El papel del aborigen americano es de tal importancia que hace del tema nativo un hecho insoslayable en cuanto a determinar el origen y el protagonismo del Gaucho en nuestra historia.
    El Gaucho comenzó destacándose en las vaquerías (modo primitivo de aprovechamiento del ganado vacuno) que junto con el caballar, se multiplicó prodigiosamente desde la época en la cual unos pocos animales de ambas especies fueron traídos a nuestra tierra. Para esa forma de cacería, consistente en desjarretear (cortarle las patas) al animal con una filosa cuchilla en medialuna, el Gaucho necesitó del caballo e impuso un tipo de equitación muy singular. Entre 1550 y 1750 las vaquerías hicieron del gaucho un experto domador y un jinete que obtenía los recursos para sustentar su vida “changando” (haciendo changas) para quienes comercializaban el cuero y el sebo de los animales, fuente, casi única, de la riqueza del país en ese momento. El Gaucho nació y se hizo “de a caballo” como un autodidacta.

   En la guerra, los Gauchos recibieron su bautismo de fuego antes de que naciera la Patria liberada. En 1806 se enrolaron en la reconquista del la Ciudad de Buenos Aires ante el desembarco del invasor británico. Pusieron en acción su coraje y su destreza en el manejo del caballo y el sable como el lazo y las boleadoras. […]
    Después del Pronunciamiento de 1810, al que llamamos “La Revolución de Mayo”, nacen los primeros ejércitos patrios. En ellos el Gaucho fue protagonista. Las tropas cargaban a sable o a lanza. Los Granaderos a Caballo del General San Martín fueron lo que en la actualidad denominaríamos un “cuerpo de élite”, famoso por el despliegue de sus escuadrones y sus legendarios “sables”. Así, el Gaucho guerreo en las campañas emancipadoras (las guerras por la libertad) y en la efectiva ocupación del “Desierto” (que por más que se lo llamó “desierto” no estaba para nada vacío sino más bien ocupado por los indígenas), mientras la élite pampeana criolla comenzaban a producir la riqueza agropecuaria.
   La lucha mas prolongada que tuvo el Gaucho fue en el “Desierto”. Las tribus indígenas (dueñas originarias de las tierras) enfrentaron en guerra al colonizador (al hombre blanco criollo, más a los gauchos) con ferocidad y sin tregua. Las indiadas se defendieron peleando palmo a palmo la posesión de la tierra en que se asentaban aunque no tuvieran conciencia de “límites, de propiedad”, ni de “nacionalidad”.
   Las Campañas del Desierto son lo que distingue a una extensa época histórica de nuestro país. A lo largo de casi cuatro siglos el “blanco” impuso las condiciones de la lucha. El Indio sobrevivía como podía a todas sus muertes. En sus retiradas establecía nuevas fronteras. Y desde allí, ejercía ante el hombre blanco la amenaza permanente y fantasmal del malón. El Gaucho debía responder con más sangre derramada, nuevos fortines, más soledades y penurias. El blanco criollo impuso un “régimen civilizado” (que de civilizado tenía bastante poco) a costa de muchas vidas, hubo muchas muertes, propias y de su rival (el indio).
    Del primitivo poblador de estas tierras, el Indio, además, el Gaucho recibió la herencia de saber soportar la soledad y las inclemencias del tiempo, proveerse el alimento, aguantar adversidad y luchar hasta el último aliento. También debemos afirmar que el gaucho heredó del indio su carácter libre (y no de “vago y mal entretenido”), como en forma despectiva se lo quiso menospreciar al gaucho principalmente a partir de Sarmiento que esa concepción tenía de los gauchos.
   El gaucho es el primer habitante de estas poblaciones perdidas en el Desierto. Allí tomó fundamento su personalidad hospitalaria y su capacidad de arraigo. Pasó rápidamente de la intemperie desolada al rancho de adobe donde formó su familia, generalmente numerosa y a cuyos hijos crió a su imagen y semejanza (Esto aparece en la obra del Martín Fierro).
   La Estancia les dio identidad social y cultural; allí, a la par del Estanciero, se consolidaron como hombres de trabajo y de tradiciones.  El gaucho: descendiente de españoles (era un mestizo, nacido de un hombre blanco y de una india), se constituye en el principio nativo del arquetipo argentino. El Gaucho de ayer y el Gaucho de hoy sintetizan una única vertiente que el autor Ricardo Guiraldes define como “nuestra raza, hecha de sangre derramada y tierra invicta”.
   El Gaucho tiene sólidos principios. Confía en la palabra dada y es fiel a la amistad. Es austero. Cultiva sin alardes el patriotismo. Es ajeno al sectarismo político (no tiene una bandera política) Participa de las creaciones de la estética en sus artesanías, en las que aplica la técnica de platería y también en sus tejidos, en sus trenzados en cuero y trabajos en “aspa” y hueso. Maneja el idioma con propiedad y estilo en su lenguaje habitual, en sus relatos y en sus cuentos de fogón (Payadas. Esto se ve en la obra del Martín Fierro) Es poeta y músico; autor e interprete. Respeta a la mujer; es sobrio y firme en el amor. Pero, por sobre todo, tiene y práctica un código de honor y una conducta de vida a la que no concibe sin Libertad. Y siente el orgullo de ser quién es.

* Publicado por Cecilia Fiori. Profesora en Cs. de la Comunicación (UBA) / Profesora de Literatura / Postítulo en tecnologías y Postítulo en Escritura y literatura.
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Cómo se percibe en Martin Fierro ese contexto social: el indio, el negro, el gringo y el gaucho. 

   Entre 1862 y 1880 transcurre un período clave de la historia argentina. Tres personalidades disímiles se sucedieron en el ejercicio de la presidencia: Mitre de 1862 a 1868, Sarmiento de 1868 a 1874 y Avellaneda de 1874 a 1880. Acaso eran distintos los intereses y las ideas que representaban y sus temperamentos, pero tuvieron objetivos comunes y análoga tenacidad para alcanzarlos. Lo más visible de su obra fue el afianzamiento del orden institucional de la república unificada. Pero su labor fundamental fue el desencadenamiento de un cambio profundo en la estructura social y económica de la nación. Por su esfuerzo, y por el de los que compartieron con ellos el poder, surgió en poco tiempo un país distinto en el que contrastaría la creciente estabilidad política con la creciente inestabilidad social. A ese esfuerzo se debe el fin de la Argentina criolla. 

El indio: Una vasta región del país estaba de hecho al margen de la autoridad del Estado y bajo el poder de los caciques indígenas que desafiaban a las fuerzas nacionales y trataban con ellas de esa manera singular que describió Lucio Mansilla en Una excursión a los indios ranqueles. En 1876, Adolfo Alsina, ministro de guerra de Avellaneda, intentó contener  los malones ordenando cavar una inmensa zanja que se extendía desde Bahía Blanca hasta el sur de la provincia de Córdoba. Pero fue inútil. Sólo el moderno fusil permitió al general Roca, sucesor de Alsina en el ministerio, preparar una ofensiva definitiva. En 1879 (año en el que se publica La vuelta de Martín Fierro) encabezó una expedición al desierto y alejó a los indígenas más allá del río Negro, persiguiéndolos luego sus fuerzas hasta la Patagonia para aniquilar su poder ofensivo.  

El gringo: El paso más audaz en la promoción del cambio económico-social fue la apertura del país a la inmigración. Hasta 1862 el gobierno de la Confederación había realizado algunos experimentos en colonos a los que aseguraba tierras. Desde esa fecha, en cambio, la República comenzó a atraer inmigrantes a los que se les ofrecían facilidades para su incorporación al país pero sin garantizarles la posesión de la tierra: así lo estableció la ley de colonización de 1876 que reflejaba la situación del Estado frente a la tierra pública, entregada sistemáticamente a grandes poseedores. La consecuencia fue que los inmigrantes que aceptaron venir se reclutaron en regiones de bajo nivel de vida –especialmente en España e Italia- y de escaso nivel técnico. Los inmigrantes tenían escasas posibilidades de transformarse en propietarios y se ofrecieron como mano de obra, en algunos casos yendo y viniendo a su país de origen. La agrupación de las colectividades insinuaba la formación de grupos marginales, ajenos a los intereses tradicionales del país y orientados exclusivamente hacia la solución de los problemas individuales derivados del transplante.  El “gringo” adoptó un comportamiento económico que contrastó con la actitud del criollo, y José Hernández recogió el resentimiento de los grupos nativos frente a la invasión extranjera en su poema gauchesco Martín Fierro, publicado en 1872 (La Ida). 

    El Estado sólo se propuso un vasto programa de educación popular. Sarmiento tuvo la obsesión de alfabetizar a las clases populares, hacer de la escuela pública un crisol donde se fundieran los diversos ingredientes de la población del país, sometida a intensos cambios y a diversas influencias. Un censo escolar que Sarmiento ordenó realizar mostró la existencia de un 80% de analfabetos en el país y sus resultados predispusieron los ánimos para la obras de educación popular que emprendió, la cual fue pensada en la construcción de un país con personas instruidas, más allá de los réditos políticos personales coyunturales. 


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