La Edad Media: Los historiadores y críticos coinciden, con leves divergencias, en que la Edad Media o Medioevo es el período histórico de la civilización occidental comprendido entre los siglos V y XV. Convencionalmente, su inicio se sitúa en el año 476 con la caída del Imperio Romano de Occidente, hasta fines del siglo XV, podría tomarse el año
1492, fecha de la unidad nacional, como límite.
Historia, sociedad y
cultura
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La sociedad medieval está rígidamente estructurada
en tres grandes estamentos: nobles, clérigos y campesinos, que se dedican,
respectivamente, a la guerra, la oración y el trabajo manual.
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La invasión musulmana y la presencia en la Península
Ibérica de grupos importantes de población judía originan uno de los hechos
específicos de la Edad Media española.
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El arte medieval se concibe como una ilustración de
las creencias religiosas e ideológicas de la sociedad feudal. El arte es una
especie de lenguaje visual que desempeña una clara función didáctica en una
época en la que la mayor parte de la población era analfabeta.
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Los límites para encuadrar la literatura medieval no
son precisos. La épica, la lírica de juglares y trovadores, el teatro en
relación con las celebraciones religiosas, son los géneros que circulan en la
Edad Media. La continua actividad bélica provoca el auge de la literatura
heroica, que se manifiesta especialmente en los denominados cantares de gesta,
uno de los subgéneros más representativos de la literatura medieval. La
literatura medieval tiene un claro propósito moralizador y didáctico, ya que se
concibe como un vehículo idóneo para la enseñanza de las verdades socialmente
admitidas. En muchos casos, la obra literaria experimentó un proceso de
construcción y difusión oral. La transmisión oral de las obras, con la consiguiente
y sucesiva incorporación de variantes en los textos está en el origen del
carácter anónimo de gran parte de la producción literaria medieval. La
convivencia étnica propia de este período determina una influencia notable de
la literatura oriental, que conduce a una especie de mestizaje cultural.
La lengua en el
siglo XII
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El latín vulgar que los soldados, los colonos y
administrativos romanos llevaron a España
mantuvo un cierto grado de uniformidad durante la época imperial romana.
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Cuando los pueblos bárbaros en el siglo V invadieron
violentamente las fronteras del Imperio, las provincias romanas quedaron
aisladas unas de otras y la unidad lingüística latina se quebró; cada región
comenzó a tener sus peculiaridades, con influencias de la lengua de los pueblos
primitivos. El romance hispánico
primitivo era el que se había generalizado durante la dominación de los
visigodos. Se extendía a lo largo de la península, exceptuando las zonas del
norte, la cantábrica y la de los pirineos.
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Cuando los árabes invadieron España en el siglo
VIII, comienza la resistencia en el norte, entre los montes Cántabros y el río
Duero, en la región llamada Castiella (por la existencia de muchos castillos
fortificados), y avanza hacia el sur. Desde temprano Castilla está a la
vanguardia de las iniciativas guerreras y lingüísticas. Durante el siglo XI su
poderío crece paralelo al de León y Navarra, sus clásicos rivales. El héroe de
Castilla, el Cid Campeador, se ofrece como personaje de leyenda que ganará
tierras a los moros y representará a los hidalgos (persona de ilustre
nacimiento; por extensión generoso, noble) castellanos. Después de sucesivas
alianzas, cuando se unen las coronas de Castilla y Aragón, el castellano
triunfa como lengua nacional en el
siglo XV.
La Literatura durante la Edad Media
1) La poesía primitiva: (hay
pocos testimonios escritos) transmisión oral y escrita.
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De un lado, una poesía
galaico-portuguesa, de carácter culto y temas amorosos, que recitaban los
trovadores en las cortes feudales y casas señoriales, a imitación de la
literatura provenzal, del sudoeste de Francia. Este arte de trovar se cultivó
en la península, principalmente en Galicia y Cataluña.
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Por otra parte, una poesía de origen
popular y tradicional, que se practicó en Castilla, preferentemente en forma
oral y que consistía en un villancico, terminado en un estribillo final. Estas
composiciones primitivas eran canciones de mayo (sobre la primavera), cantos de
siega, de amigo, de vela, de ronda, de molino, de romería, de serranas, etc., y
también ciertas cancioncillas “mozárabes”.
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Las cancioncillas mozárabes y las
jarchas. En 1948 se descubrieron en una sinagoga de El Cairo, unas veinte
composiciones en hebreo (muwassabas)
que terminaban con unos versos finales en español muy arcaico. Este final o
estribillo es lo que se denomina con el nombre de jarcha. Con posterioridad vino a descubrirse que las jarchas habían
sido incorporadas antes por los árabes en sus poesías. De esta manera, las
jarchas, formadas por dos o cuatro versos, son la forma más antigua conservada
por escrito de la lengua romántica. Las más antiguas conocidas son del año 1040
y eran de tema amoroso. Debe recordarse que los cristianos, hebreos y
musulmanes convivían en la España medieval, y que esta circunstancia determinó
la mezcla de elementos culturales. En ese estadío cultural, se llamaban
“mozárabes” los cristianos que habían permanecido en sus ciudades cuando la
ocupación árabe (711) y conservaban su lengua romance.
2) El mester de juglaría
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Se cultivó en Castilla un tipo de poesía
épica que narraba en lengua romance o popular, las hazañas heroicas de
guerreros famosos de la historia local. Este género de poesía se denominó mester de juglaría, es decir, oficio
(menester) de los juglares.
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Los
juglares:
eran hombres y mujeres que vivían de su trabajo, actuando en las plazas
públicas, en los mesones o en los palacios de los reyes y nobles para divertir
al público. Algunas veces tenían un puesto fijo en los municipios o al lado de
los señores y los reyes. Su público estaba conformado no sólo por la gente de
baja condición social, sino también por la aristocracia feudal y guerrera. Se
acompañaban algunas veces con instrumentos musicales de cuerda (vihuela), de
percusión (tambor) o de viento (trompa). Vestían trajes vistosos, de colores
vivos; gozaban de gran popularidad, aunque el oficio en sí era –a veces-
considerado moralmente sospechoso o como propio de gente baja. Se supone que no
fueron poetas creadores sino meros repetidores de composiciones ajenas, aunque
tampoco se descarta la posibilidad de que algunas obras fueran propias o
modificaciones personales de poemas ajenos.
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Los poemas denominados cantares
de gesta eran recitados o cantados por estos artistas profesionales
llamados juglares. Los cantares de
gesta eran largas composiciones en versos de arte mayor, generalmente
alejandrinos (dos hemistiquios de siete sílabas), o de forma polimétrica, sobre
la base de versos de catorce o dieciséis sílabas. De estos poemas se
desprendieron con el tiempo, por división en hemistiquios de cada verso, los
romances octosílabos. Se sabe que existieron varios cantares de gesta, pero el
más antiguo que se ha conservado es el Cantar
de Mío Cid. Este poema es el monumento más antiguo conservado de la épica
castellana. Gran parte de los otros poemas están perdidos porque no llegaron a
escribirse. Para encontrar más información sobre los Cantares de Gesta, el rol de los juglares y el Mio Cid y su lugar en España hasta hoy pulse aquí
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Se transmitían generalmente en forma
oral, de boca en boca, y a esta circunstancia se debe la paulatina deformación
y división en fragmentos más breves.
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Origen: la costumbre de componer y
recitar poemas sobre los héroes de guerra provenía de los bárbaros que
invadieron el Imperio Romano, y en el caso de la Península Ibérica, los
visigodos. La épica francesa ejerció indudablemente influencia en la poesía
narrativa castellana, si bien no profunda, a través de los peregrinos franceses
que cruzaban los Pirineos para ir a las romerías religiosas de Santiago de
Compostela, en Galicia.
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El Poema de Mio Cid: es la
más antigua obra que se conserva de la poesía épica medieval castellana. Al mismo
tiempo, es uno de los monumentos de la literatura española.
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Se conoció el manuscrito en el año 1779.
A este códice con hojas de pergamino y única copia que hasta ahora se conoce,
le faltan una hoja al comienzo y dos en el interior. La copia está fechada en
1307, pero se sabe por ciertos datos históricos referidos en el poema y otras
deducciones científicas, que fue escrito hacia 1140. La mejor edición de este
manuscrito se debe a Romón Menéndez Pidal, quien ha hecho la restauración del
texto, ha reconstituido el contenido de las páginas faltantes y ha estudiado el
vocabulario y demás aspectos del poema.
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El poema se considera hasta ahora como
anónimo. Al final del manuscrito citado, se lee: Per abbat le escrivió en el mes de mayo, en era de 1345. El año
1345 de la era española equivale al año 1307 de la era cristiana. Es opinión
aceptada que el tal Per Abbat no fue el autor del poema, sino un copista, pues
la palabra escrivió que figura en el
códice, significaba entonces “copiar”, ya que para expresar “componer” se
empleaba el verbo facer o fer.
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Como falta la primera página, no se sabe
tampoco cómo lo denominó su autor. Se le designa indistintamente con el título Cantar de Mio Cid, Poema de Mio Cid, Gesta
de Mio Cid o simplemente Mio Cid.
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El poema está escrito en versos de
medida irregular, que oscilan de 12 a 18 sílabas, aunque la mayor parte son
versos de 14 y 16 divididos en dos hemistiquios (7+7 y 8+8). Esta irregularidad
métrica ha sido atribuida a varias posibles causas: a) estado primitivo e incipiente
de la poesía en esa época; b) inhabilidad personal del autor; c) defectos de la
copia; etc.
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Enfoque
histórico. El
poema es histórico en su contenido y no legendario. En esto se diferencia de
otros poemas épicos de Europa medieval, que incluyen el elemento maravilloso o
fabuloso. Lo fantasioso en el Cid se reduce a algunos pasajes excepcionales,
como la aparición del arcángel San Gabriel al héroe cuando éste sale para el
destierro. Algunos elementos legendarios creados por la imaginación popular o
del autor también tiene cabida casual, como el episodio del león que se escapa
y el de unas arcas de arena con que los hombres del Cid engañan a dos judíos
para obtener en préstamo dinero para la reconquista. Las hijas del Cid tampoco
se llamaban como lo dice el poeta, ni consta que se hayan casado por primera
vez con unos infantes de Carrión. Ruy Díaz de Vivar vivió efectivamente y
reconquistó las tierras y ciudades que el poema refiere. Murió en Valencia en
1099. La mayor parte de los personajes son también históricos. Hay una absoluta
fidelidad geográfica en cuanto a los lugares que se mencionan o describen en la
obra. Lo mismo puede decirse de los usos, costumbres, armas, vestimentas y
otros aspectos culturales citados.
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Los
valores medievales. El valor patriótico del cantar no está
tanto en el patriotismo que refleja, sino en el retrato del pueblo y la vida de
Castilla. El poema tiene un profundo espíritu castellanista, que se manifiesta
no sólo en el sentimiento de amor a Castilla (“Castiella la gentil”) y en la
grandeza y adustez con que se describen la naturaleza, las ciudades y las cosas
de la región, sino también en la evidente intención de prestigiar y ensalzar
las virtudes de la raza castellana de entonces, como la generosidad, el esfuerzo bélico, la dignidad personal y familiar, la
virilidad de sus hombres, la ternura de sus mujeres, la religiosidad. El Cid,
sobre todo, es señalado como el ejemplo de la raza.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEl
Cid como modelo heroico de la Edad Media: El Cid es un héroe épico de temple.
1)
La invidencia (“invidia”), vicio
eminentemente hispano, entorpeció tenaz la obra del Cid, sin tener en cuenta el
daño colectivo que en la guerra antiIslámica se seguía al destierro del
guerrero superior. Defecto típicamente español (así lo señalan Menéndez Pidal y
Unamuno). Así, los reyes de Aragón y los condes de Barcelona fueron por mucho
tiempo encarnizados rivales del
Campeador; Castilla, la Castilla oficial, ciega para las dotes
prodigiosas de su héroe, lo desterró, lo estorbó cuanto pudo, le quiso anular
toda su obra bélica y política: “Esta es Castilla que face los omes e los
gasta”. Sin embargo, el Cid vence a
todos sus invidentes y logra hacerlos sus auxiliares; se impone con sus
victorias a los nobles de linaje superior que lo desprecian.
2)
En medio del infortunio general de la
España europea, en plenas Cruzadas, al ser invadida la España musulmana por los
africanos, él solo pudo resisitir y vencer y conquistar, oponiéndose
irreconciliablemente a los almorávides que traían a la Península una
fanatización barbárica del islam, implantadores de la intolerancia religiosa
con deportaciones de mozárabes en masa al otro lado del Estrecho, destructores
de la brillante cultura de las cortes de taifas andaluzas.
3)
Lo que da carácter heroico a una
empresa, revistiéndola de la más alta ejemplaridad, no es el éxito, ni menos la
duración de sus resultados. El héroe no lo es por la permanencia de sus
conquistas o de sus construcciones. En esto le puede superar cualquier modesto
general o magistrado. El destierro, por lo mismo que quitaba al caballero todo
apoyo regio, le confirió la plena fuerza individual, y la epopeya pudo ensalzar
en el desterrado, tanto como un logro de seguridad contra el enemigo, el
prodigioso esfuerzo personal desplegado en realizar esta y otras empresas sustanciales
de la nación.
4)
El héroe lucha por realidades lejanas,
rebeldes, en perenne reiteración de conflictos que él no deja resueltos para
siempre, y debe ser medido únicamente por el valor energético de su esfuerzo.
Ésa es la duración de su obra, la de su ejemplaridad. El Cid no reacciona ni
con el desaliento ni con el rencor. Al ser desterrado, no busca venganza
directa, por legal que fuese, ni siquiera se retira a las tiendas de la
inacción, como Aquiles, el otro héroe heleno desestimado; ni como Aquiles desea
el desastre de los que lo desconocen. Al contrario, el Cid acude varias veces
en socorro del rey que lo desterró, y al verse siempre repelido por sus
coterráneos se consagra a la acción, apartado, único refugio del postergado; a
cooperar, a pesar de ellos, con los que lo desconsideraron. El Cid, despreciado
por los condes de Carrión, de Nájera, de Barcelona como de clase inferior a la
de ellos, afirmó la nobleza de las obras superior a la del linaje. Después de
haber afirmado con grandes victorias su poder contra los envidiosos, no se
hincha en egoísta desprecio.
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Es éste, entonces, un momento especial para trasladarnos con la imaginación a mediados del siglo XI cuando Rodrigo Díaz de Vivar -un hombre de carne y hueso- salía de Burgos, Castilla, hacia la conquista de nuevos territorios que le daría a su rey, Alfonso VI, para obtener de él su perdón y recuperar así su honra personal.
La Literatura nos da ese permiso, el de volar con la total libertad de la imaginación hacia mundos desconocidos en tiempos y/o espacios.
Es menester destacar que este hombre probo era intachable: buen esposo, buen padre, buen "batallador", buen vasallo, buen señor y hombre muy religioso. Ya para 1140, apenas 41 años después de su muerte, él era muy famoso entre Castilla y Valencia y entre lejanos y aledaños reinos, y para esa época los juglares cantaban sus hazañas entre la gente común y también entre las cortes. Aquí podrán encontrar información sobre esta epopeya
pulse aquí
Por último, para aquellos apasionados del arte y de la historia que deseen saber cómo sonarían los juglares cantando la historia de Mio Cid durante el siglo XII (vean los primeros minutos) y si hay algún aficionado a la filología o a la bibliotecología que quisiera saber cómo se conservan los códices de la Épica Medieval (el del Cantar del Cid aparece después de los 8 minutos) pulse aquí